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Los secretos de una vida centenaria: aprender de quien vivió hasta los 117 años

En un mundo donde la expectativa de vida ha aumentado de forma notable en las últimas décadas, la historia de personas que superan ampliamente los 100 años despierta fascinación e interés científico. Recientemente, el caso de una mujer que llegó a vivir 117 años ha vuelto a poner sobre la mesa preguntas fundamentales sobre el envejecimiento, la genética, los hábitos de vida y el potencial de una vida longeva con calidad. Más allá del récord en sí, su experiencia nos invita a reflexionar sobre qué factores podrían marcar la diferencia entre una vida larga y una vida larga y saludable.

Un cuerpo que duró más de un siglo: genética y herencia

Es ampliamente reconocido que los genes juegan un papel importante en la longevidad. Algunas personas heredan de sus ancestros un conjunto de variaciones genéticas que favorecen la estabilidad celular, la reparación del ADN o la resistencia al estrés oxidativo. En casos extremos de longevidad, como el que aquí nos ocupa, los estudios sugieren que la genética proporciona una base sólida que, de no mediar factores adversos, puede permitir que el organismo funcione de manera eficiente durante décadas.

Sin embargo, los genes no son el único protagonista. De hecho, en la mayoría de los casos de longevidad extraordinaria, estos se combinan con un entorno y hábitos de vida que amplifican su efecto positivo. La genética puede predisponer, pero no determina por completo cómo será la vida de una persona.

Hábitos cotidianos que importan

Las investigaciones sobre longevidad coinciden en que ciertos hábitos saludables están presentes con frecuencia en personas que viven muchos años:

Alimentación equilibrada: Una dieta variada, rica en vegetales, frutas, legumbres y grasas de calidad, con un consumo moderado de proteínas animales, ha sido asociada con menor incidencia de enfermedades crónicas. Esta pauta favorece un perfil metabólico más estable y contribuye a un mejor estado general.

Actividad física regular: No se trata necesariamente de ejercicio intenso, sino de mantener el cuerpo en movimiento. Caminatas diarias, actividades moderadas y la reducción del sedentarismo ayudan a preservar la masa muscular, la salud cardiovascular y la flexibilidad a lo largo de los años.

Relaciones sociales y propósito: Tener vínculos afectivos estables, participar en la vida comunitaria y sentir un propósito claro ha demostrado ser un factor vinculante con bienestar psicológico y reducción de estrés. Las personas que envejecen bien tienden a mantener redes sociales activas y a involucrarse en actividades que les aportan significado.

Manejo del estrés y actitud ante la vida: La capacidad de afrontar desafíos sin generar estrés crónico, un estilo de vida tranquila y la habilidad para adaptarse al cambio son rasgos que se observan con frecuencia en personas longevas. Esta resiliencia emocional puede influir en sistemas biológicos relacionados con la inflamación, el sueño y la recuperación natural del organismo.

El equilibrio: genética y ambiente unidos

Un dato interesante que surge de los estudios sobre longevidad es que no existe una fórmula única aplicable a todas las personas. La combinación de una genética favorable con hábitos saludables crea un “entorno biológico propicio” que puede extender la vida de forma considerable. La interacción entre genes y ambiente es compleja: los hábitos pueden activar o silenciar ciertos mecanismos biológicos, y la predisposición genética puede influir en cómo el cuerpo responde a factores externos.

Esto significa que, aunque no todos tengamos una predisposición genética excepcional, sí podemos influir en muchos de los elementos que componen una vida saludable. El ejercicio regular, la alimentación consciente, el descanso adecuado, el manejo emocional y las relaciones positivas son apuestas seguras para mejorar la calidad de vida, independientemente de la duración total de esta.

Más allá de los años: salud integral

La longevidad no se reduce al número de años vividos, sino a la calidad de esos años. El concepto de “envejecimiento saludable” se centra no solo en vivir más, sino en vivir con autonomía, sin dolor crónico insoportable, con cognición preservada y con la capacidad de disfrutar la vida día a día.

Los avances en medicina y la mayor difusión de pautas de vida saludable han permitido que muchas personas hoy puedan envejecer mejor que generaciones anteriores. La prevención, el control de factores de riesgo como la hipertensión o el tabaquismo, y el acceso a servicios de salud han cambiado el panorama de la expectativa y la experiencia de vida.

Lecciones para aplicar hoy

Aunque no todos llegaremos a extremos de longevidad, hay principios claros que se desprenden de los estudios sobre quienes han vivido muchos años y con calidad:

  • Adoptar una alimentación balanceada que favorezca la salud metabólica y reduzca la inflamación crónica.
  • Mantener el cuerpo activo con ejercicio regular y movimiento diario.
  • Cultivar relaciones sociales y propósito vital, factores esenciales para el bienestar mental emocional.
  • Gestionar el estrés con herramientas prácticas como mindfulness, rutinas de descanso y actividades placenteras.
  • Cuidar la salud desde una perspectiva integral, integrando mente y cuerpo en las decisiones diarias. 

En definitiva, la historia de quienes han vivido más allá de los límites usuales nos ofrece pistas claras para vivir no solo más, sino mejor. Genética, contexto y hábitos se entrelazan en una narrativa compleja, pero sobre todo transformadora: la vida puede extenderse con calidad cuando se fortalece el cuerpo y se nutre la mente.

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