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Inteligencia artificial y adolescentes: ¿ayuda terapéutica o riesgo emergente?

La inteligencia artificial ha irrumpido en múltiples ámbitos de la vida cotidiana, y la salud mental no es la excepción. Plataformas y aplicaciones basadas en IA prometen acompañamiento emocional, apoyo en momentos de angustia o herramientas de autoobservación disponibles a cualquier hora. Para generaciones nativas digitales, especialmente adolescentes, estas soluciones pueden parecer naturales, accesibles y hasta fundamentales. Sin embargo, expertos en psicología y salud mental señalan que este uso creciente despierta preguntas importantes sobre eficacia, seguridad y límites éticos.

Los adolescentes de hoy viven una conexión digital permanente. La IA, con su capacidad de conversación, análisis de patrones y respuestas inmediatas, aparece como una herramienta tentadora frente a problemas como ansiedad, estrés, aislamiento o dificultades en la comunicación interpersonal. Chatbots conversacionales, aplicaciones de meditación guiada o asistentes que sugieren estrategias de afrontamiento se integran en la rutina antes, durante o después de experiencias emocionalmente intensas. Para muchos jóvenes, la IA se percibe como una fuente de apoyo sin juicios, sin espera y sin el estigma que aún rodea a veces la terapia tradicional.

En contextos donde el acceso a profesionales de la salud mental es limitado o el estigma cultural persiste, estas herramientas tecnológicas parecen ofrecer un puente. Permiten a los adolescentes expresar emociones, recibir sugerencias y explorar recursos de autoayuda sin salir de su entorno digital habitual. Esto ha llevado a una adopción espontánea en grupos amplios, y a una ampliación de la oferta de aplicaciones y servicios que incorporan elementos de inteligencia artificial con promesas terapéuticas o de bienestar emocional.

No obstante, los expertos advierten que existen riesgos reales asociados a esta tendencia. La principal preocupación es que muchas soluciones basadas en IA carecen de la supervisión clínica adecuada, lo que puede resultar en recomendaciones generalizadas, poco precisas o incluso contraproducentes para casos individuales complejos. La salud mental no es una materia uniforme: afecta a cada persona de manera diferente, y un algoritmo, por muy avanzado que sea, no siempre puede captar matices emocionales, contextuales o culturales.

Otra cuestión crítica es la privacidad y el uso de datos. Las conversaciones con sistemas de IA para apoyo emocional generan registros de pensamientos, emociones y comportamientos que, si no están protegidos con altos estándares de seguridad y ética, podrían vulnerar la intimidad de los usuarios más jóvenes. Esto es especialmente delicado cuando se trata de menores de edad que aún no cuentan con la madurez para comprender plenamente las implicaciones de compartir datos sensibles.

Además, existe el riesgo de dependencia tecnológica. Cuando un adolescente empieza a confiar sistemáticamente en una IA para gestionar sus emociones, puede relegar las relaciones humanas, la expresión espontánea con amigos y familia, o la búsqueda de ayuda profesional cuando realmente se necesita. El papel de la IA debería ser complementario, no sustituto, de la interacción humana y el apoyo clínico cuando corresponde.

Desde el punto de vista clínico, la IA puede ser útil como herramienta de apoyo en programas supervisados: enviar recordatorios, sugerir técnicas de relajación basadas en evidencias, facilitar el seguimiento de cambios de ánimo o proveer información fiable sobre bienestar. Pero los expertos subrayan que estas funciones deben siempre estar integradas en un marco terapéutico responsable, con profesionales que puedan interpretar, ajustar y responder a las necesidades particulares de cada persona.

Los debates actuales sobre esta tendencia también abordan aspectos regulatorios: si las aplicaciones con IA que interactúan con adolescentes deben someterse a controles similares a los de dispositivos médicos o servicios terapéuticos, y cómo asegurar que los desarrolladores cumplan con estándares éticos y de seguridad globales. La falta de una regulación clara puede llevar a soluciones que prometen bienestar sin ofrecer garantías de calidad, eficacia o protección de datos.

En resumen, el uso de inteligencia artificial como herramienta de apoyo en salud mental adolescente es una tendencia en crecimiento que refleja la intersección entre tecnología, comportamiento y necesidades humanas. Ofrece posibilidades interesantes y accesibles, pero también plantea desafíos éticos, clínicos y sociales que requieren atención cuidadosa. El reto consiste en encontrar un equilibrio entre la innovación y la protección, entre lo digital y lo humano, de modo que estas tecnologías realmente contribuyan a mejorar el bienestar de quienes más las utilizan, sin sustituir la atención profesional ni comprometer su seguridad.

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